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Cuando al romperse el silencio abrumador de aquella escuela por la embestida de los paramilitares, que inició con el estallido de una bomba lanzada por un helicóptero a pocos kilómetros de aquel lugar. Mary y José, dos hermanos con tan solo 8 y 9 años que se encontraban en clase de lenguaje, cogidos de la mano fuertemente, luchaban para salir entre el tumulto que hacían todos por el afán de correr al patio. Con dos banderas en la mano, la de Colombia y una blanca, lograron agruparse con los demás niños y profesores para batir sus banderas al helicóptero que poco a poco se alejaba. Este hecho se repetía hasta 3 veces a mes, aunque no siempre había bombas. Las banderas eran para demostrarle al helicóptero que eran niños y que no querían más guerra. Un protocolo que tenía que hacerse en el Rincón del Indio para evitar muertes.

El 7 de agosto de 1998, tres días después del último atentado, a pocas horas de la mañana, se repite el “protocolo” para estos niños. Pero esta vez, las manos estaban cansadas de batir banderas, la espera se hacía larga y los helicópteros no se alejaban. Las bombas estallaban y todos en la escuela entraron en pánico. José y Mary acurrucados detrás del lavadero, rezaba un padre nuestro, cuando vieron su hermano mayor de 12 años. Pedro, quien apenas podía correr pues las botas de caucho le pesaban mucho. Tenía la cara pálida, estaba muy agitado y la voz le salía quebrada. Venía a avisarles a sus hermanos que los paramilitares habían planeado un operativo en el pueblo para sacar la guerrilla y debían de tener mucho cuidado porque era peligroso para todos.


Mary y José que habían llegado en bicicleta a la escuela, le dijeron a pedro que se fueran en ellas y que cogieran la trocha para demorarse menos de dos horas que era el tiempo normal que se tardaban en llagar a casa. El camino se complicaba pues la noche anterior había llovido y el pantano frenaba las bicicletas. Al momento de llegar al rio se encontraron con la desdicha de ver el puente sumergido por la inundación, el rio estaba caudaloso y era muy complicado atravesarlo. Mary empezó a llorar, estaba asustada y tenía miedo de no volver a ver a sus papás. Así que en vista de la complicación deciden devolverse hasta encontrar la carretera.


A mitad de camino el ejército guerrillero los quería esconder de los paramilitares, pero Mary observó de lejos a su señora madre, quien venía buscándolos, con un grito desgarrador la llama, ella sale corriendo hacia sus hijos pero en ese momento inicia el enfrentamiento. Los cuatro, se sumergen en el monte para ocultarse entre los árboles. Mary cuenta que el silbido de las balas entre los arboles la asustaban mucho “mientras descansábamos detrás de un gran árbol, mi mamá nos abrazaba fuertemente y llorando nos decía que nos tranquilizáramos, que con ella no nos iba a pasar nada, pero que teníamos que guardar silencio mientras llegábamos a casa, y que por nada del mundo miráramos hacia atrás”.


Finalmente llegan a casa. Mary invita a José a un filo de montaña que quedaba a pocos pasos de la casa, desde donde se logra visibilizar el pueblo. Un pueblo que en ese momento estaba tapado por las humaradas que hacían las casas a la hora de quemarse. Pasaron quince días para recibir noticias. Los almacenes de ropa y comida estaban quemados y las carreteras del pueblo estaban e custodiadas por los paramilitares, el paso estaba restringido y no había nadie en el pueblo.


La comida y los utensilios de aseo en la casa se acababan, y aunque la familia de Mary tuviera miedo, todos necesitaban buscar alimentos. “entonces mi mamá nos dijo que teníamos que arriesgarnos y salir al pueblo traer panela, aceite y arroz que era lo más importante, pero que teníamos que salir con mucha prudencia y coger por el monte no por carretera” cuenta mary al recordar su experiencia.


Por ser la más pequeña Mary iba adelante pues era más ágil y podría esconderse más rápido si así le hubiese tocado “tenía mucho miedo me tocaba estar pendiente de que no hubiera nadie por ahí, y hacerle la señal a mis hermanos y mamá para que pudieran avanzar, pero sentía que me estaban viendo y que me iban a matar, pensaba en que si me disparaban mi madre me miraría y tendría que llorar callada o si no también la mataban a ella y a mis hermanos. Yo era la responsable de que eso no pasara” Al llegar al pueblo no se veía a nadie por ningún lado, la mayoría de las casas estaban quemadas y las tiendas totalmente destruidas, no habían alimentos, ni personas, solo se veían las cenizas haciendo remolinos por la briza y sangre en el suelo.


Todas las personas estaban en sus fincas, así que si querían recibir ayuda tendrían que buscar en estos lugares. De camino a la finca del señor Clides, pasan por la estatua de la virgen que había cerca al parque. La virgen estaba destruida y quemada, pero alrededor de ella estaban todos los cadáveres amontonados de a tres, aproximadamente cuarenta cuerpos “los cuerpos estaba formando montañitas, había personas del pueblo, pero hubo unos que no reconocimos, la verdad olía muy feo, ya habían cuerpos en descomposición y a mí me dio miedo acercarme mucho a esos muertos, mi mamá decía que eran los dueños de los negocios del pueblo y que otros eran soldados guerrilleros. Había hombres, mujeres y niños. Incluso una mujer embarazada” Mary cuenta esto con lágrima en sus ojos y mucha rabia en su voz.
Fueron tres meses en los que a este pueblo no había alimento, los paramilitares no permitían en ingreso de carros ni personas al pueblo. El colegio se cerró, el puesto de salud también, solo habitaban los finqueros agricultores. “estos tres meses que duró el operativo solo nos alimentábamos de maíz, yuca, plátano, mañoco. Mi mamá se inventaba unas sopas pero o había ni sal ni azúcar, nos comimos todas las gallinas, acabamos con todo en la finca”

Iniciando diciembre a la casa de Mary llega un vecino, quien traía un informe de las FARC. Era una orden para los habitantes de Rincón del Indio. Debían de recoger los suministros necesarios para un tiempo aproximado de una semana, encerrasen en las casas. La guerrilla tenía en mente sacar los paramilitares para proteger el pueblo. Ese mismo día Mary ayudo a su señora madre a recoger cebolla, tomate, papaya, yuca y todo lo que hubiese para alimentarse, se temía que el tiempo podía extenderse a más de una semana. “esa noche no dormimos, estábamos a la expectativa de que algo terrible iba a llegar, cuando a eso de las cuatro de la mañana se escuchó el primer bombazo, hizo vibrar la casa, todos quedamos sentados del susto, mientras mi madre nos contaba historias inventadas para distraernos, afuera se escuchaba balazos, gritos, y muchas bombas”


Los helicópteros rodeaban en terreno, y todos los habitantes del indio encerrados en su casa esperando a que todo acabara. Fueron casi dos horas y mientras el sol salía el silencio volvía a ser el protagonista de aquel pueblo. La guerrilla tenia razón fueron cuatro días en los que a cualquier cosas se escuchaban disparos y bombas abajo en el pueblo. “ a nuestra casa volvió el vecino, esta vez no venía a decir que bajáramos al pueblo que habían llegado los camiones cargados con alimentos, fue un momento en el que todos sentimos un descanso en el pecho, sentía que ya no me iba a morir y anhelaba volver a la escuela, salir a jugar y comer normal”


Mary Luz Contreras es ahora una mujer de 28 años, no le cuenta su historia a muchos. Es algo que prefiere no recordar. Aunque considera que en el Rincón del Indio _ Mapiripan vivió cosas muy bonitas, siente la tristeza de haber tenido que abandonar su pueblo por el miedo a morir por el conflicto armado entre las FARC y lo Paramilitares cuando tan solo tenía ocho años.

Escrito por: Zue Tatiana Castro Velez